Blog

Huellas marinas…

Su niñez le ha dejado huellas muy profundas.
Son huellas saladas como las que se dejan en el mar cuando caminas, pero éstas no desaparecen con el primer oleaje.
—No desaparecen con su baño de lágrimas salinas, salitres, saladas—
—No, no desaparecen, porque pesan sobre ella los recuerdos.

Sandro Botticelli, 1495
 
Están allí gravadas en su memoria, gravadas en su interior. Están gravadas allí en el profundo mar de su memoria.

En esa playa extensa formada por los bancos de arena, en ese profundo mar de penas.

Si pudieras abrir su pecho encontrarías arena, bancos de arena, bancos de arena movediza. Arena, arena brillante, arena brillante y  hermosa: que te invita a caminar sobre ella bajo los destellos de esa luna llena mortecina que le  atravieza las profundidades de su consciencia.

 Es una arena suave, tibia, pero peligrosa, cuando te atrapa no te deja casi salir de ella. Te atrapa sí, es la palabra justa, porque está allí. Y, ella —descuidada— cae, se hunde, lucha sale, vive, sobrevive.

Ahora, ella espera que la puedan entender y no juzgar; ella no conoció la cordialidad, ni el amor. Solo la fantasía la elevaba a otras esferas más felices. Solo la fantasía  la salva de esos bancos de arena movediza de su interior. Su fantasía, como en el cuadro de Sandro Botticelli, la transforma, la hace bella, la hace feliz, pero tristemente feliz. 

Aunque su infancia y su adolescencia quedó atrás, allá muy lejos, —quedó atrás— su huella marina está aún muy presente, cada noche, cada día, cada hora. Aunque es adulta; no puede quitarse esa manta de maldad que aún la cobija, no puede desnudarse cándida como la Venus de Botticelli.  Extrañamente se siente bien creando desde la agonía del recuerdo, de la desidia, del desamor. Es paradójico e  insensato ese sentimiento muerto, pero a través de él puede crear. Ella lo intuye; en ella se alberga ese sentimiento ajado, callado, oscuro que la acompaña. 

¿Cuántas lunas ha visto? —ha perdido la cuenta. ¿Cuántas? —ya no sabe. Ya no sabe, ni siquiera, si está —cuando la observa— dormida o despierta. Ella, bajo su  luna, cambia como la luna misma y recuerda que, sólo el crearse su  propio mundo, su fantasía, sus historias se siente viva. Por ende reconoce que, lamentarse es su vida —desde aquellas noches,—desde que era una niña— allá bajo su almendro, bajo la luna llena.

Ella sabe que no se portará bien, porque nunca se ha portado bien, porque siempre ha sido mala, muy mala. También a conocido la otra cara de la luna, la plena, la que emana belleza,  dulzura y candidez de la mano de —su amigo de siempre— eso la reconforta. Pero —sin querer—  le hace daño, está en su naturaleza. 

Él la espera, la escucha, la observa, la abraza y en muchas ocasiones, después de esas confesiones tristes y mal sanas, le seca sus lágrimas con besos  y le hace el amor. La lleva hasta su lecho, ese que comparten ya desde hace tantos años, y se aman: se rien, juegan y ella siente que sólo él es su compañía perfecta.

Por T. Luna©

Un episodio de su niñez II

La madre la separó de los hermanos y arrastrándola por los cabellos la llevó hasta el tercer patio.
Allí comenzó su inquisición.
Le preguntaba con voz furibunda y los ojos inyectados de sangre…

Fuente: Wiki Art
Osvaldo Guayasamin, 1983

 —¿Con qué dinero compraste esos dulces?

— Ella temblando; con el alma desnuda e indefensa, contestó: —no los compré, me los regaló el dueño del abasto.

— La madre aún más exasperada le volvió a preguntar: ¿Estás segura?

—Ella asustada contestó: —!Un hombre mayor!—
  —La madre tomándola por el cabello la interpeló nuevamente; ¿Quién?

— Ella con pavor desistió de la mentira, sabía lo que le esperaba, y confesó…

Hoy por la mañana, cuando regresaba del abasto del español encontró un monedero con dinero.

—La madre no le creyó; quién miente una vez, miente dos veces. 

La castigó…

Para golpearla utilizaba una vara de unos tres centímetros de diámetro. La niña, indefensa,  no podía ni correr ni gritar.

La golpeó hasta que su respiración era más fuerte que la de ese menudo cuerpo enjuto, la golpeó hasta que ese cuerpecillo diminuto  no podía mantenerse más en pie. La arrastró.

Arrastró a Teresa hasta la lumbre para “preparar” la cuchara. La calentó sobre una vela encendida y la presionó sobre la palma de sus manos: —Por el robo, dijo—. Y la segunda vez, la colocó (la cuchara ardiente) sobre su lengua; —por la mentira—.

Fue castigada dos veces.

Después de que terminó con su justo castigo (según ella; la madre) se alejó; se alejó resollando y la dejó (A Teresa)  tirada en el patio a la sombra de su almendro. 

La niña; ya sin lágrimas —sus ojos estaban secos de tanto llorar— se arrastró hasta su  protector —su árbol— y en cuclillas bajo su follaje le pedía a la luna que la transportase, como por arte de magia a otro lugar con menos dolor.

Cada vez que  lee sobre noticias, donde el honor de las personas se pone en evidencia por el simple deseo egoísta de saciar un impulso que va contra los parámetros morales, regresa siempre esta historia a su mente, su piel se eriza, un escalofrío recorre su espalda y tiembla.

Por T. Luna©

Un episodio de su niñez I

Un recuerdo azuza su memoria. Un episodio de su niñez. Era verano.
Una tarde como otra cualquiera; el calor sofocante, el aire húmedo y recargado con olor del mango y la papaya, un sol abrasador.
Un sol tan abrasador, que no le perdonaba ni siquiera a la sombra esconderse.
La sombra, las sombras —su juguete preferido— estaban allí y ella jugaba con ellas en el porche de su casa, cuando su madre la llamó: Teresa.
—Debía hacerle un mandado—.

Tenia unos siete años; su cuerpo era menudo y frágil, tenía una piel tan tersa como el higo tierno, en sus ojillos guayoyitos y vivarachos aún chispeaba la inocencia. Además, llevaba el  cabello largo negro y brillante, y, tanto sus pies como sus manos, eran delicados y finos; era una niña.

Debía comprar algo para la comida: —no recuerda, exactamente, qué. 

Se dirigió a la tienda del “español”.  El dueño era un comerciante, que había migrado a su país, hacía ya muchos años, después de haber tenido que huir de la implacable dictadura que asolaba a su amado terruño. Se tuvo que labrar, a pulso y tesón, una nueva existencia. Tenía una pequeña tienda de víveres cerca de su casa. 

Ese recuerdo la impresiona. Se da cuenta de que  “El éxodo social” es una variable fija en las coordenadas de su vida. Es una variable que se repite y se repetirá siempre. No solamente ella ha estado desde su nacimiento desenraizada, existen muchas familias en su urbanización que corrían la misma suerte que ella. Flotaban como ella, flotaban entre la tierra que no era la suya (por herencia de sus antepasados) y al mismo tiempo les pertenecía por haber nacido  allí. 

—Hace memoria—

Su cárcel era la segunda después de la esquina. En su cuadra habían tres viviendas más y un gran solar valdío; a la izquierda, se encontraba una casona esquinera —oscura y gris— que pertenecía a una señora mayor de Portugal, ella tenía prisionera, en su jaula de oro, una cotorra  que hablaba todo el día; a veces era su única compañía, cuando Teresa se encontraba confinada en el tercer patio de su casa.

A la derecha de su cárcel, vivía una familia trinitaria y más allá una familia de Curazao, en la esquina opuesta a la mansión de la portuguesa se encontraba un terreno deshabitado, donde habían enormes árboles de mamones  —muy apetecidos—.  

A Teresa le encantaba hacer mandados, pues, así tenía la oportunidad de treparse a uno de esos árboles y disfrutar de este dulce fruto carnoso de un color salmón intenso que la electrizaba. Era prohibido tomarlos, pero no le importaba. —Ella era así—.

No recuerda exactamente lo que tenía que comprar, pero si recuerda como caminaba de regreso; caminaba lentamente; sus ojos color canela fresca iban pegados al suelo, pues iba pateando, con sus menudos piececillos, las pequeñas piedrecitas que encontraba por el camino siguiéndolas con la mirada; cuando de repente, divisó sobre el andén un diminuto monedero de cuero:  lo levantó y lo abrió; descubrió que tenía unos centavos adentro;  los tomó, volvió al abasto y decidió comprar con ellos dulces.

Ella sabía que, lo que había hecho estaba prohibido, pero lo hizo no le importaba, —ella era así—.

 Ya en su casa lo primero que hizo fue esconder los dulces en el cajón de la lencería de cama de la nona, ésta se llenó de hormigas. Llegó la noche y un escándalo se armó.

Enseguida comenzaron las averiguaciones, quién fue el que colocó  esos dulces en el cajón de la abuela. Todos los niños (sus hermanos) temblaban ninguno quería estar en el pellejo del que hizo semejante maldad. 

La madre quería comenzar a castigarlos a todos y todos lloraban y se imploraban unos a otros que el verdadero culpable sea valiente y asuma el hecho por el bien de los otros hermanos. Todos estaban aterrorizados y lloraban desconsolados. 

Esa menuda y temerosa niña —Teresa—, aunque estaba atemorizada también; se adelantó  y dijo: —fui yo—.

Por T. Luna©

Permitidme que os cuente…

Teresa reflexiona: Todos somos —unos más, otros menos— soñadores.

¿Qué puede contaros que ya no sepáis?

Dormimos cada noche y  pasamos muchas horas en ese estado onírico —real o irreal—, no importa. Todo depende de  como lo queramos sentir. A veces pueden ser pesadillas, premoniciones, rompecabezas, deseos, fantasías, secretos, etc. A veces no recordamos nada. Otras recordamos todo. Es un circo de sensaciones y emociones intrínsecas  presentes y ocultas.
Debido a este secreto “a voces” muchos se avergüenzan de dichos sueños. Pero, a veces, suplicamos que se tornen realidad. O, a veces, queremos que esa realidad continue entre sueños. Despertarse a las cuatro de la mañana bañada en sudor y en deseos — no tiene precio.

Man and Woman I
Eduard Munch, 1905

Lo sueña a él…

Entre sombras,  lo vislumbra en el baño, está con el dorso semidesnudo lleva su camisa abierta y se encuentra apoyado contra la pared . Él tiene sus ojos cerrados, mientras su mano (la de él mismo) se desliza sobre su miembro brillante; la desliza despacio y con movimientos delicados imitando su boca (la de ella) sobre esa capilla perfecta. Y ella húmeda,  húmeda y con ganas desde la ducha lo observa. Tiene ganas: —Hazme tuya, piensa—

Se acerca despacio. Lo besa. Le quita la camisa, que huele a él. 

Sus manos (las de ella) pasan a ser sus manos (las de él). Sus manos (las de él) la buscan, la recorren, la acarician toda. Introduce sus dedos para sentir su humedad (la de ella) y saber que está líquida para él.

Ĺleva sus dedos (los de él) a su boca (la de él mismo) y le susurra al oído (a ella): —¡delicioso manjar eres, mujer!—.

Por T. Luna

Déjame ser …

Déjame ser parte de tus fantasías

Déjame entrar de tu mano a ellas.

Quelle: Wiki-Art
Edgar Degas, 1883

 

Déjame ser parte de tus fantasías

Déjame entrar de tu mano a ellas.

Guíame hasta tu reino

Cúbreme de ganas 

Revísteme con ellas.
Lléname de tu miel de almendros

En la humedad de tus sueños.
Alicata la bañera, pronta testigo de nuestro encuentro.

Adórnala con espuma, con flores e inciensos.

Imprégnarla del embrujo de Granada y del Albayzín; sus sueños.
Sentada estoy; cubierta de espuma de flores y de inciensos.

Tú me frotas la espalda, pasas tus viriles manos por mi vientre,

Acaricias mis generosos pechos.

Me preparas, me aprestas, me limpias

de toda culpa, de toda moral, de todo derecho.
Soy tuya en tu fantasías, soy tuya en tus portentos.

Dime: ¿Qué quieres de mí?

Dispuesta estoy sin secretos.
Lléname de tu miel de almendros

En la humedad de tus sueños.
Por T. Luna©